miércoles, 9 de marzo de 2011

La mirada de un hombre perdido




No podrás la mirada
del que se ha perdido
sostener,
cuando aturdido de luna se desprenda
del noveno segundo
de la noche abisal.
No la podrás,
esmerilada en lo hondo de su cuarto
distinguir.

Afuera
la tarde amarilla.
Las nubes densas, como escolleras,
se diluyen de angustia,
se desenlazan,
lentas
se precipitan.

Manía de ave nocturna
de estrellarse contra los bordes,
él se soñaba reflejado
en el borde de otros ojos,
en lo ingrávido de un recuerdo.

Hurgó en las ruinas de su ciudad
desparramado sobre la escarcha de papeles
que alguna vez gritaron su nombre.

Escupió la viruta, esa viruta fina,
que queda cuando la mirada
ha errado entre multitudes de ojos,
cuando un sonrisa se ha dibujado
frente a otras mil muecas distintas.
Dejó de creer que en ese resto, en esa emoción residual,
estuviera la materia de uno mismo.

Afuera la tarde amarilla.

No podrás la mirada,
ni el gesto ausente, ni la sombra,
del que se ha perdido
contener,
cuando pase como un reflejo
vertical
al otro lado de tu ventana.
Quizás veas el mar
o los sueños de un alce.
¿Es miel o tristeza lo que de ella se escurre?
Es irrelevante.
Hasta caer es irrelevante cuando el suelo mismo ha perdido sentido.

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