De todos los
sonidos posibles del verdor
uno
tensa la
espina y se imprime como signo en la vigilia
Letanía de
una arteria que se confiesa
en la
turbidez creciente del arroyo
Accelerando
del espacio
que hace
florecer las pupilas
No hay
hechos aislados en la selva.
Hondura
del músculo
deslizado entre lianas nerviosas
Barrido
uniforme del pelaje
Fino pantano
en suspensión que se amolda
al paso
animal
El miedo no
es otra cosa
que la súbita sospecha de haberse despegado de la espesura
Lengua que
eriza el pelaje
Llamada
aguda de los huesos que aún no somos
y nos
congela en el recodo de un río
en el crujir
de una cueva
La cuestión:
leer
en el
soplido de la selva
en su
retícula de sombras
soledad o
emboscada
Mapa que se traza
en el interior
de los párpados
Sobre-vivencia
en el ritmo de la selva
No se desea
el tiempo
el tiempo se
pulsa y lo que se desea es el encandilamiento que sucede a la carrera
tras de sí
mismo
del yo que
devora
Hondura
de la carne
en torno a una garra
Cuenco de
una ofrenda recíproca
entre la
herida y el tiempo
Resta abroquelarse
contra el
lomo de un pelaje conocido
conjurando
una oración
que aquiete
las sienes
Resistencia
a perderse en los poros de la tierra
a perderse en los poros de la tierra
donde los
hongos recitan su verdad minuciosa
No sólo no
hay humanidad en la naturaleza
Ni hay
humanidad ni hay naturaleza
Hay eterno
devenir de un instante
en que la
luz deviene carne y la carne
barro
Encuentro
con un jaguar soñado
en un claro
de la noche