martes, 28 de junio de 2011

Completar el gesto

¿Y? dale, seguí, ibas a decir algo más.
Me hace falta que digas algo más.
Mi laringe se contrae, intenta decir los sonidos que aún no han salido de tu boca, que necesito que salgan de tu boca. Siento que a tu cuerpo le falta algo, algo que me quedó incompleto. Alguna de sus partes quedó a medio camino entre lo que tu intención despertó en mí y lo que finalmente tu acción entregó. Y quedo así... sí, así, no hace falta que te muestre cómo. El cuello desplazado hacia delante, con uno de los perfiles apuntando al frente, con los ojos y toda la intención del cuerpo virada hacia ese lateral, con la respiración suspendiéndose lentamente al final de la inspiración, esperando algo.
Tu cuerpo siente el tirón, la succión del remolino de mi expectativa y comienzo a sentir que me pide que deje de pedirle. De varios puntos de tu cuerpo emergen manos que empujan mi gesto hacia una forma anterior, que empujan la huella del gesto que acabo de hacer hacia una forma que ya es imposible, un pasado en donde yo no me haya percatado de tu omisión.
Pero ya no puedo, algo se quedó a mitad de camino y mi reacción, ante el pánico de quedar incompleta, se abalanzó a colgarse de tu gesto. El tiempo es irreversible para las sensaciones y ahora tengo un centenar de hilos invisibles atados a tu cuerpo, estirándome la piel, como si remolcara una estatua.
Me mirás con extrañeza, impostando un gesto acabado, resuelto, que no deja de pedirme que deje de pedirle que sea lo que debió haber sido. Pero yo ya me moví, te moví y me moviste y el tironeo ya quedó impreso en la memoria de nuestros cuerpos.
Y quedo pendiendo de vos, dudando, porque puede ser que tu gesto ni si quiera se haya producido. Me refiero a que, quizás, el contorno de tu cuerpo no lo acusó. Pero yo sentí esa intención, mis nervios supieron esa intención; la que cambia el espesor de tu voz, la que se arremolina con el aire que exhalas, aire que pudo haber sido palabras y elegiste contener.

Así van quedando pendientes los gestos, tironeando de las facciones, de las posturas, de los días; acarreando en nuestros contornos lo inocultable de nuestras intenciones, deformados ante el paso del tiempo, único aquí que no conoce represiones.