viernes, 23 de abril de 2010

Cuaderno de bitácora




I
Deriva

II
Y luego,
o antes,
el enmohecer de un naufragio se escribe
a la sombra de un relámpago
con pulso tambaleante
por nueve vasos de soledad.

El eco no regresa en el mar abierto.
Lo que se oye es un anhelo,
contradictorio,
resquebrajándose bajo el peso de una duda,
deshojada en la oscuridad de un cuarto.

Camarotes, en vela,
se arremolinan,
crepitan a carcajadas nerviosas,
bajo una tormenta que espesa como ciénaga.
Cien barcos tormentosos,
negándose a ceder al sueño
se revelan, instantáneos,
como negativos ardientes,
sobre la marea indecisa.

Barco de luz,
parpadeando.

La hoguera de mapas
inflama los cristales del camarote
en el mismo momento
en que todas las pupilas del barco rechinan atónitas
ante un destello seco,
que hincha la vela de proa con el azul más terrible
que se atrevan a admitir.

Resbalan, con la presteza del acto que se ha ensayado en mil ocasiones

Pero nada es simultáneo en el mar.
Por lo menos no la muerte.

Uno a uno vuelven en sí,
a vagar frenéticos por cubierta,
abriéndose paso en la niebla con el aliento desgajado,
mientras ráfagas de brasas,
como latigazos,
les entumecen la piel.
Sucesivos paredones de agua se desploman,
dispersando plegarias, jirones de la nave,
cúmulos de hombres abarrotados,
en lista de espera para ahogarse.

Solo él,
ronco y azul,
se desbarranca en el mar sórdido,
con la más oscura de las calmas.

Nunca tan oportuno
el descuido de un capitán
de tumbar un océano de alcohol sobre su mapa,
sobre el recuerdo vidrioso de un puerto irrepetido,
mientras decenas de brazadas
inútiles
intercambian alaridos con las olas.

Flotando en la marea
un manto de oraciones balbuceantes
se deshaucia,
pedazo a pedazo,
y rueda mar abajo hasta lo indistinguible.

III
Deriva

IV
Proximidad del sueño
sobre el vaso naufragado,
ahora vacío
del reflejo disonante
que supo ser tibieza
junto a la escotilla más vulnerable de la tarde.

Tarde o temprano
las nubes y el oleaje se separan
dejando al horizonte
salir a flote tarde o temprano,
por la mañana,
por los restos de quien fue y ya no recuerda
por la espuma ebria
rompiendo contra sus costas
en el oleaje tenso del candelabro.

"¿Hay otro destino que el desastre
para aquello que persiste
amarrado a un puerto y anclado al mar?"
pregunta.

El eco no regresa.
Lo que se oye es un anhelo, contradictorio,
que se desvanece ante el contacto
con la mañana.

Nunca tan oportuno
el descuido de un capitán
de quemar las velas en medio de su nada,
de cubrirse el alma con las manos y dejarse mecer
en la noche que añeja
a fuerza de maderos que arden insepultos.


19 Febrero 2010
23 Abril 2010

1 comentario:

Don Agus dijo...

bien ahi cabeza! no sabia de tu blog, lo voy a linkear en el mio si no es molestia