domingo, 3 de abril de 2016

El yo que devora

De todos los sonidos posibles del verdor
uno
tensa la espina y se imprime como signo en la vigilia

Letanía de una arteria que  se confiesa
en la turbidez creciente del arroyo
Accelerando del espacio
que hace florecer las pupilas

No hay hechos aislados en la selva.

Hondura
del músculo deslizado entre lianas nerviosas
Barrido uniforme del pelaje
Fino pantano en suspensión que se amolda
al paso animal

El miedo no es otra cosa
que la súbita sospecha de haberse despegado de la espesura
Lengua que eriza el pelaje
Llamada aguda de los huesos que aún no somos
y nos congela en el recodo de un río
en el crujir de una cueva

La cuestión: leer
en el soplido de la selva
en su retícula de sombras
soledad o emboscada

Mapa que se traza
en el interior de los párpados
Sobre-vivencia en el ritmo de la selva

No se desea el tiempo
el tiempo se pulsa y lo que se desea es el encandilamiento que sucede a la carrera
tras de sí mismo
del yo que devora

Hondura
de la carne en torno a una garra
Cuenco de una ofrenda recíproca
entre la herida y el tiempo

Resta abroquelarse
contra el lomo de un pelaje conocido
conjurando una oración
que aquiete las sienes
Resistencia
a perderse en los poros de la tierra
donde los hongos recitan su verdad minuciosa

No sólo no hay humanidad en la naturaleza
Ni hay humanidad ni hay naturaleza
Hay eterno devenir de un instante
en que la luz deviene carne y la carne
barro

Encuentro con un jaguar soñado
en un claro de la noche


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