lunes, 23 de mayo de 2011

Dislocado

No recuerdo haber estado entero alguna vez. Tan pocos pedazos componen mi memoria que cualquier línea que intente entre ellos se desmorona. Arrastro partes incómodas, de épocas distintas, de sensibilidades contradictorias. Así me presento, dislocado, como un collage de chatarras mal soldadas.
Si me toman de improviso, me armo rápido con lo que tengo a mano. Tomo primero los pedazos de siempre, los que de memoria sé cómo van y voy poniendo en la superficie los menos oxidados, los más vistosos, mientras que detrás del armario aparto el resto de la chatarra que nunca logro hacer encajar.
Son más los pedazos que ignoro de dónde los saqué que aquellos que puedo afirmar que yo les di forma. Algunos la verdad que me entretienen, los suelo tener a mano porque hacen un ruido particular cuando camino o porque, como están magnetizados, se van pegando con la chatarra de otros y es lindo de ver cómo saltan las virutas entre los cuerpos cuando se aproximan.
Cada tanto se me rompe un gesto, otras dejo estallar sin cuidado mi brazo contra una esquina. Me resulta placentero torsionar una articulación hasta hacer saltar alguna pieza. Antes me angustiaba el desconcierto de la situación, hoy la idea de que constantemente estoy dejando de ser cosas, de que soy un flujo de chatarra del que emergen y se desprenden pedazos, insolubles, anacrónicos, me hace sentir más vivo.
Muy pocas veces he probado desarmarme del todo, es decir, aflojar todo lo que pudiera tener movimiento dentro de mí y encastrar los pedazos de una forma más mía -si es que eso significa algo-. Pero siempre las lágrimas se secaron y los alcoholes se diluyeron antes de que decidiera qué imagen del rompecabezas quería. Alrededor de qué comenzar a armar era la duda, pero todo pierde la referencia de los tiempos o lugares que lo enmarcaban y las razones se astillan en más direcciones de lo que uno se atreve a pensar; no hay quien escape de ello, las bisagras se falsean, las guías se desgastan y los diseños de las piezas se borronean. Al final, el puñado de piezas se rearma a la mañana siguiente con la dosis necesaria de imprevisibilidad que asegura la sensación que no se es el mismo de antes.
Son curiosas las formas que he ido tomando con el tiempo. A ver... lo digo de otra manera: las formas que me he dado cuenta que tomé, porque son las luces de las calles de la ciudad, distintas unas de otras, las que me lo han ido mostrando. Caminándolas, voy dejándome proyectar, por medio de mis sombras, dislocado en sucesivos cortes, superposiciones, fundidos y sustracciones, sobre las manchas que deja el aceite sobre la cuneta tras la lluvia. Creo que es por eso que camino mirando hacia abajo, tratando de captarme en lo más mínimo. Minutos más tarde, el compás de los ecos se aquieta y mi sombra chorrea espesa hasta perderse en una rejilla.

2 comentarios:

LL dijo...

um... tu nivel de sinceridad se eleva peligrosamente... i like it

María Eugenia Sabatino dijo...

Muy interesante. Por mi parte, dudaría de lo "imprevisible" de cada día. Me encantan las fotos.